Mi amiga Monín tiene jevis nuevo -o debo decir, tenía. Superados los estragos de la pasada administración, la chica  comenzó una relación que promete. Bueno, eso pensaba, hasta el domingo, cuando me tuvo más de dos horas contándome lo mal que la está pasando por culpa de la gata de su novio.

“¿De una gata? Monín, por favor, madura”, dije antes de soltar una carcajada.

El minuto de silencio fue suficiente para darme cuenta que hablaba en serio. (Sus silencios molestosos son sinónimo de incomodidad.)

Monín conoció a Monchi en el Jardín Botánico de Caguas, en un día del perro. Ella llevó a su fiel Cocó, una “satuquis” -invento de Monín para no decir sata- de lo más ‘fashion’ que recogió un día que diluviaba y la pobre perrita se había escondido debajo de su carro. Fue amor a primera vista.

Cocó, con sus ojitos tristes, y su pelaje todo empapado, se echó en un bolsillo a la Monín, que hasta ese día se jactaba de su campaña ‘anti-pet lovers’. Montó a la “satuquis” en el carro y directito se fue a la famosa megatienda que vende de todo para mascotas. Adquirió camita, plato, bandana, collar, todo en violeta -su color favorito-. Una hora después inundó  los correos de sus amigas con fotos de la nueva adquisición.

Monín cambió con la llegada de Cocó. Se volvió, digamos, más humana. Contradictorio, ¿verdad? Pero, así fue. De la noche a la mañana acude a cuanto ‘pet rally’, sea de Carla Capalli o de Roselyn Sánchez.

Como diezmo a la  iglesia contribuía con dos cajas semanales de comida de perro al albergue  de una amiga que terminaron cerrando por hacinamiento.

Confieso que hasta le he sacado el cuerpo últimamente, sobre todo, cuando estuvo una tarde enseñándome los más de 10 álbumes que la perrita posee en Facebook. Enough!

Pero, volvamos a Monchi y su encuentro en el Jardín Botánico.

Cocó no hizo nada más que llegar y se le pegó a Messi -el “satuquis” de Monchi. De entrada, mascotas como humanos hicieron ‘click’. Ese día la pasaron “brutal” -palabras de Monín. Y desde entonces, miel sobre hojuelas.

Salían juntitos a todos lados, humanos y mascotas. Todo bien, hasta que Monchi confesó que su corazón no solo le pertenecía a Messi y a Monín, así, en ese orden. Si no que había otro ser de cuatro paticas a la que él le había jurado amor eterno: su gata, Victoria.

Y aquí empezó la complicación, porque la Victoria fue botín de guerra de la pasada administración de Monchi. Así que la trata como reina. ¿Y la felina? Dueña y señora del apartamento.

Curiosamente, Messi y Cocó se llevan a las mil maravillas, hasta que llega Victoria. No bien la gata le menea el rabo al perro y Cocó pasa a un décimo plano.

Lo mismo sucede con Monín. Por alguna razón que aún el otorrinolaringólogo  no entiende, los pelos de Victoria le causan una alergia terrible. Amén, del aroma felino incrustado en la ropa de su amado.

El domingo se rompió el encanto. Entre estornudos y ‘runny nose’, ella le pidió a Monchi que saliera de Victoria.

“Lo siento, querida. Ella llegó primero. Toma un antihistáminico”, escuchó decirle.

No entiendo por qué las personas se complican. ¿Mis mascotas? Un pez y un lagartigo. Por cierto, satuquis.

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